La inmigración un reto a la vocación misionera de la comunidad cristiana

 

El compromiso con los inmigrantes,

un deber para la comunidad parroquial propio de su misión institucional.

(Juan Pablo II)

Un estatuto digno para el trabajador inmigrante

Tanto individualmente como en las parroquias, movimientos y asociaciones

Los cristianos no pueden renunciar a tomar posición a favor de los trabajadores inmigrantes.

 

SUMARIO

Introducción

I   Los cristianos han de tomar posición a favor de los inmigrantes y formular propuestas en el ámbito político

II  El compromiso con los inmigrantes un deber propio de su misión institucional para la comunidad parroquial.

 

Introducción

El compromiso por la justicia en un mundo marcado por intolerables desigualdades un aspecto sobresaliente de la preparación del jubileo.

1. Con la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio (Juan Pablo II. Bula del Jubileo, n. 1). El año jubilar, en el actual con- texto histórico, fuertemente marcado por notables flujos migratorios y por un creciente pluralismo étnico y cultural, nos invita a esperar el amanecer de un nuevo día para los trabajadores inmigrantes, invocando al «Sol de justicia, Jesucristo, para que ilumine las tinieblas que se ciernen sobre el horizonte de los países de donde tantas personas se ven obligadas a emigrar». (Juan Pablo II, IV Congreso Mundial de la Pastoral de las Migraciones. 9 octubre 1998).

Los cristianos estamos llamados a redescubrir en esta esperanza un nuevo motivo de compromiso en proyectos de defensa y promoción de los derechos de los trabajadores inmigrantes y sus familias. «Esperanza, que, de una parte, nos mueve a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, de otra, nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios.»(Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 46).

En este contexto, «un signo de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario, añade el Papa Juan Pablo II, es el de la caridad, que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación. Es una situación que hoy afecta a grandes áreas de la sociedad y cubre con su sombra de muerte a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Muchas naciones, especialmente las más pobres, se encuentran oprimidas por una deuda que ha adquirido tales proporciones que se hace prácticamente imposible su pago. Resulta claro, por lo demás, que no se puede alcanzar un progreso real sin la colaboración efectiva entre los pueblos de toda lengua, raza, nación y religión. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia. Quien se dedica solamente a acumular tesoros en la tierra, no se enriquece en orden a Dios. (Cf. Mateo 6, 19; Lc, 12, 21). Asimismo, se ha de crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales en la que todos especialmente los países ricos y el sector privado asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de cada persona.» (Bula del Jubileo, n 12).

En este sentido, recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres (Mt.11, 5; Lc 7,22), «el compromiso por la justicia en un mundo como el nuestro, marcado por intolerables desigualdades, es un aspecto sobresaliente de la preparación y celebración del jubileo» (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente 51), «que debe servir al restablecimiento de la justicia social y el reconocimiento de la igualdad entre todos los hijos de Dios».(Juan Pablo II, Ibidem, 13.)

Por todo ello, la comunidad parroquial, -«la Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas» (CEE. La Pastoral Obrera de toda la Iglesia)-, está urgida a repensar sus proyectos pastorales, a no encerrarse en seguridades pretéritas, a no inflexionar su diálogo con el mundo, a mantenerse en su vocación misionera y en su mediación de vehicular el diálogo de la salvación entre el Evangelio del Reino, los hombres y los pueblos.

Vocación misionera, presencia significativa y relevante que debe ser comprendida y redefinida en el momento actual: sin intentar recuperar la hegemonía en la sociedad, ni tratar de situarse como instancia legitimadora, superando así un doble escollo: el de la privatización de la fe en el seno de una sociedad pluralista, secular y democrática, y el de la inercia de la confusión, es decir, la resistencia a expresar lo específico y universal del mensaje evangelico.

La comunidad parroquial debe constituirse en buena noticia para la cultura y las culturas, para los hombres y los pueblos que constituyen hoy nuestras ciudades y nuestro barrios, nuestros municipios y nuestras comunidades por la diversidad sobrevenida con las migraciones. No puede eludir este desafío.

«La caridad es don de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom.5,5): en cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva, Evangelio. Los creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar su dignidad. En particular los cristianos, conscientes del amor del Padre celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los inmigrantes para desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de la civilización del amor». (Juan Pablo II. Jornada Migraciones. 2 febrero 1999).

 

I

 Los cristianos han de tomar posición a favor de los inmigrantes

y formular propuestas en el ámbito político

2. Los cristianos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt.5), han de asumir con mayor claridad y determinación su responsabilidad en el seno de la Iglesia y de la sociedad. «En cuanto ciudadanos de un país de inmigración –afirma también el Papa, y conscientes de las exigencias de la fe, los creyentes deben mostrar que el evangelio de Cristo está al servicio del bien y de la libertad de todos los hijos de Dios. Tanto individualmente como en las parroquias, asociaciones o movimientos, los cristianos no pueden renunciar a tomar posición a favor de las personas marginadas o abandonadas. Los cristianos deben participar en el debate de la inmigración, formulando propuestas con el fin de abrir perspectivas seguras que puedan realizarse también en el ámbito político. La simple denuncia del racismo o de la xenofobia no basta».(Mensaje 09-10-1999)

España, país de inmigración.

3. Como es de todos conocido, nuestro país ha pasado de ser un país generador de emigración a convertirse en un país receptor de inmigración. En las dos últimas décadas, los flujos migratorios hacia España han crecido y se han diversificado, situándose en algunas áreas en la misma línea que el resto de los Estados miembros de la Unión Europea.

Estamos ante un verdadero fenómeno de asentamiento de población, «que constituye un problema cuya urgencia aumenta a la vez que su complejidad, que interpela, hoy más que nunca, a la comunidad internacional y a todos y cada uno de los Estados. Atañe no sólo a las personas que buscan condiciones de vida más digna, sino a la población de los países de acogida. Pero la prudencia necesaria que se requiere para afrontar una materia tan delicada como ésta no puede caer en la reticencia o la evasión, entre otras cosas porque quienes sufren las consecuencias son miles de personas, víctimas de situaciones que, en lugar de resolverse, parecen destinadas a agravarse». (Juan Pablo II, 21 agosto 1996 y 9 octubre 1998).

Los cristianos españoles no podemos, consecuentemente, renunciar a tomar posición y a formular propuestas en favor de una política de integración que garantice la equiparación efectiva de los trabajadores inmigrantes y de sus familias, con los trabajadores españoles.

Necesidad de una ley de integración.

4. Los movimientos migratorios requieren un adecuado y justo tratamiento. Hasta ahora, las medidas adoptadas en España, basada en la Ley de Extranjería, Ley Orgánica 7/85 de 1º de julio, han consistido en una política de control de flujos. Es necesario cambiar esta orientación con una ley orientada a definir una política migratoria integrada en la política social y, a la vez, integradora, basada en el reconocimiento efectivo de la igualdad de oportunidades con los ciudadanos españoles, para favorecer una convivencia basada en los valores de la igualdad, la tolerancia, la justicia y la libertad.

Una política migratoria que pretenda afrontar con rigor el tratamiento y regulación del fenómeno migratorio ha de tener en cuenta que los flujos migratorios están ligados estructuralmente a la economía de libre mercado y que son alimentados por la concentración de la riqueza y de los medios de producción en determinadas áreas, aunque no pueden olvidarse las migraciones forzadas por los regímenes dictatoriales y por ciertas estructuras culturales y sociales de los pueblos. Y, además, que, una vez activados los mecanismos económicos, culturales, de bienestar y políticos que los impulsan, éstos continúan ejerciendo su acción propulsora independiente- mente de que la coyuntura económica sea de expansión o de recesión.

La articulación de una política de inmigración, respetuosa de los derechos humanos, se posibilitará si se conjugan:

  • las compatibilidades económicas, sociales, demográficas internas y nuestra propia estructura política y social, propias de un estado de las autonomías con competencias transferidas de trabajo, educación, cultura, salud, vivienda y bienestar social,
  • la posición geopolítica de España: sus obligaciones y lazos históricos, sus responsa- bilidades con Iberoamérica, Filipinas, Guinea Ecuatorial y Marruecos,
  • la inversión para el desarrollo, la lucha contra la economía sumergida y las nuevas causas de éxodo, dejando a salvo el derecho de asilo y por motivos humanitarios, y
  • el desarrollo de un plan de integración, basado en la igualdad de derechos y deberes, y la asociación del inmigrante a un proyecto común de sociedad.

Una ley de integración basada en la equiparación con los españoles.

5. En este contexto, tanto individualmente como en las parroquias, asociaciones o movimientos, los cristianos hemos de hacer nuestras y defender las siguientes propuestas sobre el contenido de una ley de integración de los trabajadores inmigrantes en nuestra sociedad con el fin de abrir perspectivas que puedan realizarse también en el ámbito político. Una ley de integración:

  1. Debe establecer el estatuto jurídico de los trabajadores inmigrantes y sus familias que les otorgue:
  • La estabilidad legal, no vinculando taxativa- mente la renovación de los permisos a la situación nacional de empleo, ni al principio de reciprocidad, ni a la propia situación laboral del trabajador inmigrante, habida cuenta de la precariedad laboral para nacionales y extranjeros, y facilitando el acceso progresivo a permisos de larga duración
  • El derecho residencia permanente, con la consolidación del disfrute y ejercicio plenos de los derechos y libertades que se nos reconocen en la Constitución española y en las leyes, incluido el no ser sancionados con la expulsión más que en los supuestos de comisión de delitos muy graves tipificados en el Código penal.
  • La equiparación con los españoles en cuanto a los derechos y deberes laborales, la no discriminación en el acceso al empleo, incluido el sistema de empleo público que no suponga ejercicio de autoridad, y el reconocimiento del hecho inmigratorio en la negociación colectiva y en las normas reguladoras.
  • El derecho a vivir en familia, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la Convención Internacional de los Derechos del Niño, evitando el recurso al uso de reglamentos administrativos encaminados a dificultar el ejercicio de este derecho y a restringir el criterio de pertenencia familiar, que, como consecuencia, impulsan injustificadamente fuera de l legalidad a personas a las que ninguna ley puede negar el derecho a la convivencia familiar. (juan pablo ii, 9 octubre 1998 ).
  • La equiparación en el acceso al sistema educativo y al disfrute de las ayudas y apoyo al estudio, la equiparación en el acceso a sistema de salud en los términos previstos en el Art. 1.1. de la Ley General de Sanidad como principio general. En el sistema contributivo según lo establecido en la Ley General de la Seguridad Social. En el sistema asistencial en los términos del R.D. 1088, modificando su art. 1 para incluir a los extranjeros sin recursos, y en el acceso a la vivienda, en los sistemas de promoción pública;
  • La equiparación en el acceso a la cobertura social con los españoles: acceso al sistema contributivo y no contributivo para los regulares, con garantías de continuidad en el derecho generado al igual que el nacional que deja de contribuir; en situaciones de necesidad todos, con independencia de la situación de legalidad.
  • El derecho a gozar del estatuto comunitario los familiares de españoles originarios de terceros países.
  • El acceso a la nacionalidad española reduciendo el período previo de residencia.
  • Garantías de mínimos en la aplicación de la legalidad en todos los ámbitos -incluido el visado- y en la equiparación con los españoles en todo lo que significa el bloque constitucional y los derechos reconocidos en las leyes.
  • La asistencia jurídica gratuita con independencia de la situación de legalidad para extranjeros sin recursos. El sistema sancionador ha de estar informado por el principio integrador
  • La regularización de aquellos extranjeros que se encuentran en situación irregular. El compromiso en favor de la justicia en un mundo como el nuestro, marcado por intolerables desigualdades, es un, aspecto característico de la preparación para la celebración del jubileo. Ciertamente, resultaría significativo un gesto por el cual la reconciliación, dimensión propia del jubileo, encontrara expresión en una forma de regularización de un amplio sector de esos inmigrantes que, más que los otros, sufren el drama de la precariedad y de la incertidumbre, es decir, los clandestinos. (Juan Pablo II, ibidem).
  1. Ha de asegurar una protección adecuada a las personas que, aunque hayan huido de sus países por motivos no previstos en las convenciones internacionales, de hecho se pondría seriamente en peligro su vida si fueran obligados a volver a su patria.
  2. Ha de dotarse de medios humanos y materiales idóneos y suficientes y de un órgano administrativo de rango suficiente que garantice, de forma eficaz y en estrecha colaboración con las Administraciones Autonómicas y Locales, la coordinación y ejecución de las instrucciones del Gobierno en la materia y la tutela de los derechos reconocidos a los trabajadores inmigrantes y sus familias contra toda discriminación injustificada en la práctica.
  3. Ha de definir la política migratoria como una competencia concurrente entre la Administración General del Estado, los Gobiernos Autónomos y las Corporaciones Locales y Diputaciones Provinciales, propia de un Estado de las Autonomías.

Corresponsabilidad competencial que exige, por una parte, la asunción por cada Administración de sus obligaciones sin pretender eludirlas o derivarlas a otros ámbitos y, de otra, el impulso de vías de cooperación que posibiliten una actuación coherente y unitaria, que conlleve la optimización de los recursos. En este sentido, la coordinación administrativa debe abarcar desde la definición de los contingentes hasta el desarrollo de programas integrados en la política social de cada Autonomía y, a la vez, integradores, cediendo las plataformas de intervención social de ámbito estatal ante los órganos competenciales autonómicos.

  1. Ha de diseñar cauces de participación de las administraciones, sindicatos y organizaciones empresariales, de organizaciones no gubernamentales y de inmigrantes, y los instrumentos de conocimiento de la realidad, y un plan de integración que dé contenido a una tal política.

Un reto al Gobierno, a los líderes políticos y a los legisladores.

6. El Gobierno, los líderes políticos y los legisladores españoles han de asumir su responsabilidad y, superando sus diferencias partidistas, puesto que las migraciones constituyen una cuestión de estado, han de afrontar el desafío que plantea el creciente fenómeno migratorio en el alba del tercer milenio: consensuando una ley que dé la respuesta adecuada por el reconocimiento pleno y efectivo de los derechos de los trabajadores inmigrantes, para favorecer una convivencia basada en los valores de la igualdad, la tolerancia, la justicia y la libertad, y desarrollando, en el seno de las instituciones europeas, los artículos K1 y K3 del Tratado de la Unión Europea, en materia de política de inmigración, asilo y política relativa a los nacionales de terceros Estados con la conciencia de que está en juego la construcción de «un mundo donde todos los hombres, sin excepción de raza, religión y nacionalidad, puedan vivir una vida plenamente humana, libre de la esclavitud bajo otros hombres y de la pesadilla de tener que vivirla en la indigencia.» (juan pablo ii, ibidem )

Sólo así podrían afrontarse con garantías de éxito los retos que en este campo plantea el próximo milenio, liberados del lastre de la situación actual.

El derecho de los inmigrantes a un estatuto en la sociedad.

7. No es nuestra intención negar el derecho de los Estados a legislar sobre regulación de flujos. Reconocemos que la situación es grave y que los equilibrios en la convivencia social son frágiles. Sin embargo, constatamos una peligrosa tendencia en la U.E. al endurecimiento de las leyes sobre la inmigración, a la lectura restrictiva de la Convención de Ginebra y al fortalecimiento de los controles fronterizos, que atentan contra los derechos inherentes a la dignidad de la persona. Nos preocupa que en España siga esta tendencia.

«El cierre de las fronteras a menudo no está motivado simplemente por el hecho de que ha disminuido -o ya no existe- la necesidad de la aportación de la mano de obra de los inmigrantes, sino porque se afirma un sistema productivo organizado según la lógica de la explotación del trabajo.» (juan pablo ii, ibidem)

Los trabajadores inmigrantes y los refugiados no pueden ser reducidos a un simple papel de instrumentos de producción, sino que han de gozar de un estatuto de residencia permanente que les permita salir de toda precariedad legal y sociolaboral, que les otorgue efectivamente el derecho a vivir en familia, a la educación, a la salud, a la vivienda digna, a los beneficios y prestaciones de la S. Social, a los recursos básicos, a vivir su originalidad, a participar en la vida social del país e incluso en determinadas instancias de la vida política y a disfrutar de los derechos y libertades fundamentales. La Unión Europea y España en su seno no pueden convertirse en una fuente de discriminaciones y exclusiones. La desigualdad de derechos repercutiría de manera muy negativa en la convivencia.

Actuar sobre las causas

8. El camino que razonablemente conduce a una actuación eficaz sobre los movimientos migratorios, que, conviene recordar, han existido siempre, no es otro que actuar sobre las causas. Esto implica reducir aquí la parte de la economía sumergida y, a la vez, reforzar la cooperación al desarrollo de los países de origen.

«Hay que atacar de forma duradera sus causas, poniendo en marcha una cooperación internacional encaminada a promover la estabilidad política y a eliminar el subdesarrollo. Habría que pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación de la deuda externa.» (juan pablo ii, ibidem).

El fenómeno migratorio sólo se puede abordar en justicia y con humanidad desde el respeto de los derechos humanos. «Es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria. Sin embargo, este derecho es efectivo sólo si se tienen constantemente bajo control los factores que impulsan a la emigración. Éstos son, entre otros, los conflictos internos, las guerras, el sistema de gobierno, la desigual distribución de los recursos económicos, la política agrícola incoherente, la industrialización irracional y la corrupción difundida. Para corregir estas situaciones, es indispensable promover un desarrollo económico equilibrado, la progresiva superación de las desigualdades sociales, el respeto escrupuloso a la persona humana y el buen funcionamiento de las estructuras democráticas. También es indispensable llevar a cabo intervenciones oportunas para corregir el actual sistema económico y financiero, dominado y manipulado por los países industrializados en detrimento de los países en vías de desarrollo». (juan pablo ii, ibidem)

Un sistema inaceptable.

9. Las migraciones modernas tienen sus raíces en el mismo sistema económico. No son un fenómeno coyuntural. Su evolución está vinculada a la coyuntura económica y su existencia a la persistencia del sistema. No parece fácil que se pueda prescindir de ellas en la estructura de los sistemas productivos actuales. Dicho de otra manera, los flujos migratorios se encuentran vinculados a los procesos de internacionalización y concentración espacial del capital en determinadas áreas, y unidos a los procesos de dominación económica y de mantenimiento del subdesarrollo en otras, que favorecen los flujos migratorios de la fuerza de trabajo al servicio de las exigencias del desarrollo de los países y áreas industrializados.( Juan Pablo II. Ibidem).

Se planifican con una racionalidad meramente económica en función del crecimiento económico y de la realización rápida de beneficios. No se tiene en cuenta el costo humano, que conllevan para quienes se ven forzados a abandonar su entorno, su pueblo, su cultura y su familia, y menos aún la necesidad de eliminar de la superficie del planeta las causas profundas, las injustas y crecientes desigualdades entre pueblos ricos y pobres.

Las migraciones son el corolario de una correlación de fuerzas entre los países subdesarrollados y los países ricos e industrializados, que se resuelve en todo momento en favor de los países desarrollados. Para el inmigrante, la emigración es la única alternativa a la carencia de posibilidades de subsistencia digna en el propio país. Para los países pobres, implica la pérdida de personas cualificadas y de la capacidad de formar a nuevas generaciones de profesionales y la necesidad de importar cada vez más expertos extranjeros con costes muy elevados. (b. wood. Ocde. Conferencia organizada por España y Canadá, Madrid 1993).

No sería exagerado afirmar que en la Unión Europea las migraciones se han venido concibiendo y tratando en un primer momento como un sistema general de aprovisionamiento de la mano de obra necesaria para el desarrollo económico -dar el salto a la nueva tecnología- y posteriormente, orientando el flujo migratorio hacia el sector terciario, para la mejor reorganización de la economía y del mercado laboral. Mano de obra, pues, al servicio de la coyuntura económica.

Los trabajadores inmigrantes vienen no sólo porque ellos tengan necesidad, sino, sobre todo, porque nosotros les necesitamos.

Una responsabilidad de toda la sociedad.

10. La inmigración es una cuestión compleja que atañe tanto a los trabajadores inmigrantes como a la población autóctona. La respuesta al fenómeno de la inmigración es responsabilidad de toda la sociedad española, sin que ésta pueda descargar sus responsabilidades en el Gobierno y los partidos políticos. Debemos exigir a nuestros dirigentes las normas adecuadas y los medios aptos, para dar una respuesta ética y global a la situación de los trabajadores inmigrantes y refugiados. Hemos de crear en la convivencia diaria las condiciones válidas para su integración. La talla de una sociedad , que se quiere auténticametne democrática, se mide por la forma en que de derecho y de hecho protege todas las libertades, lucha para que desaparezcan las discriminaciones, las injusticias y las desigualdades, y otorga un trato humano al que no es nacional. Una sociedad verdaderamente humana ha de tener abatidas todas las barreras sociales. En cuanto empiezan a establecerse barreras entre nacionales y extranjeros, por muy objetivas que parezcan las razones que se den, esa sociedad ya no es radiclamente humana y democrática.

Los responsables políticos han de jugar un papel decisivo en la formación de la nueva opinión pública. En el seno de los partidos políticos es preciso trabajar para impregnar de humanismo los debates sobre la Inmigración. «En el mundo moderno, la opinión pública constituye a menudo la norma principal que los líderes políticos y los legisladores aceptan seguir. El riesgo es que la información, filtrada sólo en función de los problemas inmidiatos del país, se reduzca a aspectos absolutamente inadecuados, que no logran expresar el dramático alcance de esta situación. Es tarea de la información ayudar al ciudadano a formarse un cuadro adecuado de la situación, a comprender y respetar los derechos fundamentales del otro, así como a asumir su partre de responsabilidad en la sociedad, también en el ámbito de la comunidad internacional». (juan pablo ii. Ibidem).

Los sindicatos han de reivindicar, en el marco de la Declaración de Florencia de octubre de 1995 sobre Diálogo Social, para los trabajdores inmigrantes el derecho-deber al trabajo en igualad de condiones a los trabajadores españoles, y, consiguientemente, la supresión de la limitación a determinados sectores de empleo ahora existente que restringe el libre acceso a la profesión y el oficio. Asimismo, deben suscitar entre los trabajadores españoles actitudes de solidaridad con los trabajadores inmigrantes.

El movimiento asociativo ha de abrir sus organizaciones a la participación plena de los trabjadores inmigrantes como ciudadanos, vecinos, padres de familia, jóvenes y promover procesos de integración, rechazando todo brote xenófobo o racista.

Si bien la inmigracion comporta problemas y retos de diversa indole a la sociedad de acogida, es muy superior el valor del intercambio que conlleva el proceso inmigratorio para ambas poblaciones, máxime si tenemos en cuenta que la población inmigrante se ha convertido en no pocas ocasiones en un elemento importante para el mayor progreso económico de las sociedades desarrolladas y resulta una enorme hipocresía ignorar esta realidad.

Los trabajadores inmigrantes y sus organizaciones, conscientes de ser portadores de valores culturales y religiosos, que contribuyen al bien de la sociedad, han de desarrollar el sentimiento de pertenencia a la sociedad exigiendo las condiciones necesarias para su participación desde el cumplimiento de sus deberes. Lo que reclama de ellos: el reconocimiento y respeto de los elementos esenciales de una convivencia democrática, caracterizada por la aceptación, que no puede limitarse al ámbito formal, de los derechos humanos y también de los comportamientos normalizados de la sociedad de acogida en materia de alojamiento, de higiene o de salud, de educación y de deberes laborales, sociales, fiscales y del resto de prestaciones sociales.

Las exigencias de la integración.

11. La integración es el proceso por el cual se asocia a los inmigrantes a un proyecto común de sociedad. Así, llegan a ser miembros activos en la vida económica, social, cívica, cultural y espiritual del país de residencia. Exige una adaptación recíproca de autóctonos e inmigrantes y, en su mismo devenir, transforma tanto a las personas que se deben integrar como a la misma sociedad que les acoge. La representación gráfica de cuanto acabamos de decir se manifiesta en las líneas convergentes, que sólo se encuentran en el infinito. Implica una dinámica de continua creatividad. Sólo será posible:

  • si los trabajadores inmigrantes y sus familias son contemplados, no como un problema, sino como hijos de un pueblo, portadores de su cultura y su historia que les constituyen en hombres concretos; no como indigentes, destinatarios de la limosna o de la acción social, sino como obreros que merecen su salario, justo y digno; no como extraños, sino como socios, y en que
  • si ellos mismos manifiestan su voluntad de integración y de participación, abandonando todo proyecto provisional de vida.

Implica, por tanto, aceptar el desafío de una sociedad pluricultural y las exigencias que conlleva: poner el acento en las semejanzas que aproximan entre sí a los diferentes componentes étnicos y culturales en presencia, con el fin de crear entre ellos una estrecha solidaridad; no negar las diferencias, pero tampoco permitir que nadie las absolutice ni mitifique y ofrecer a todos la posibilidad de participar plenamente en la construcción del proyecto de sociedad y de ser ciudadanos.

Es un proceso gradual. Para conseguirlo no bastan las leyes. Es necesario la colaboración de todos. Se realiza en la vida de cada día, en la escalera, en el barrio, en el mercado, en la escuela, en el trabajo, en la asociación, en la pandilla, en la parroquia, en las comunidades, en los movimientos. Sólo es posible si el inmigrante es reconocido allí donde vive, tanto en lo que se refiere a la sociedad, como en lo que se refiere a la comunidad eclesial. Y, en consecuencia, si el inmigrante es asociado al proyecto común de sociedad y a la vida de la comunidad cristiana.

Cada vez que el inmigrante es contemplado como un problema y no como hijo de un pueblo; como un indigente y no como un obrero; como un extraño y no como un socio. Cada vez que se crean programas específicos, sin reconocerle la equipa- ración en derechos y deberes. Cada vez que reducimos nuestro compromiso con ellos a entrega generosa y paternalista, ahondando su condición de dependencia y olvidando que es responsabilidad de todos abrir tanto la comunidad humana, para que el inmigrante tenga acceso a los recursos básicos existentes, como la comunidad eclesial en la que nadie debe sentirse extranjero. Cada vez que no contribuimos a devolver al inmigrante la capacidad de ser un auténtico sujeto de su historia y una visión positiva de su dignidad. Cada vez que nos centramos en la pobreza, que acompaña a muchos de los trabajadores extranjeros, olvidando que lo específico de este grupo humano es su condición inmigrante: condición obrera y cambio de civilización.

Cada vez que actuamos así estamos haciendo imposible su integración. Confundir la condición inmigrante con la pobreza, o resaltar ésta y olvidar la otra, lleva a que los inmigrantes sean tratados como destinatarios de la caridad o acción social y no como sujetos de derechos y deberes. Esto provoca, como respuesta, el sentimiento por su parte de ser «usuarios» de unos servicios que la sociedad y la Iglesia les prestan, pero no miembros activos en la vida económica, social, cívica, cultural y espiritual de nuestro país.

II

El compromiso con los inmigrantes

un deber propio de su misión institucional para la comunidad parroquial.

Las comunidades cristianas espacios de fraternidad.

12. La comunidad parroquial, como lugar de encuentro e integración de todos los miembros de una comunidad, hace visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o exclusión alguna», y «es, por naturaleza, solidaria con el mundo de los trabajadores inmigrantes» (Juan Pablo II. Jornada Migraciones 1999. 2 febrero). Por ello, está llamada a ser:

  • «Un espacio acogedor donde se le reconoce al trabajador inmigrante la dignidad que le otorgó su Creador», pues en la Iglesia nadie es extanjero y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre en ningún lugar. Como sacramento de unidad y, por tanto, como signo y fuerza de congregación del género humano, la Iglesia es el lugar donde también los inmigrantes son reconocidos y acogidos como hermanos» (Juan Pablo II. Jornada Mundial de la Migraciones. 25 julio 1995).

La comunidad parroquial, en consecuencia ha de vivir una gratuidad total en la acogida y tomar en serio que el trabajador inmigrante es portador de la historia de un pueblo, abriéndose con simpatía a los valores culturales que le constituyen en hombre concreto, sin que siempre sean coincidentes con los nuestros, considerando a todo hombre como el prójimo al que es preciso amar. No ha de preguntarse a quién debe amar, porque preguntarse ¿quién es mi prójimo?, ya implica poner límites y condiciones. Ha de hacerse prójimo de «cualquiera que sufra necesidad, aunque me sea desconocido», manifestando así el amor incondicional de Dios a los trabajadores inmigrantes en una sociedad que los impulsa a la marginalidad y recordar a la sociedad el camino de la fraternidad como fuente de la justicia que defiende al forastero de todo atropello económico, cultural y político.

«Las parroquias constituyen puntos visibles de referencia, fácilmente perceptibles y accesibles, y son un signo de esperanza y fraternidad a menudo entre laceraciones sociales notables, tensiones y explosiones de violencia. La escucha de la misma palabra de Dios, la celebración de las mismas liturgias, la participación en las mismas fiestas y tradiciones religiosas ayudan a los cristianos del lugar y a los de reciente inmigración a sentirse todos miembros de un mismo pueblo. En un ambiente nivelado e igualado por el anonimato, la parroquia constituye un lugar de participación, de convivencia y de reconocimiento recíproco.

Contra la inseguridad, ofrece un espacio de confianza, en el que se aprende a superar los propios temores: ante la falta de referencia donde encontrar luz y estímulos para vivir juntos, presenta, a partir del Evangelio de Cristo, un camino de fraternidad y reconciliación. Puesta en el centro de una realidad marcada por la precariedad, la parroquia puede Ilegar a ser un verdadero signo de esperanza. Canalizando las mejores energías del barrio, ayuda a la población a pasar de una visión fatalista de la miseria a un compromiso activo, encaminado a cambiar todos juntos las condiciones de vida». (Juan Pablo II. Mensaje Jornada Migraciones 1999. 2 febrero)

  • Promotora de justicia por la defensa y el reconocimiento de los derechos del trabajador inmigrante y del refugiado y sus familias, enfrentándose al reto decisivo de cómo desmarcarse de un sistema, generador de injusticia y de violencia, para encaminar el mundo migrante hacia una nueva humanidad, expresión de la justicia del Reino de Dios, en el que los últimos de la sociedad son los primeros.

En el seno de la acción política, de los centros de creación y de difusión de la cultura, en el ámbito de la educación y del bienestar social, así como en el campo laboral y en las decisiones económicas, los crisitanos han de trabajar en favor del reconocimiento de los trabajadores inmi grantes.

Quien renuncie a la tarea, compleja pero noble, de mejorar la condición inmigrante no respondería al designio de Dios que quiere un desarrollo integral para todos. Está urgida a dar cuenta de su esperanza con gestos y palabras, en fidelidad a la realidad encarnada de nuestra fe operante por la caridad, «recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres ¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados? Esta pregunta, que interpela a toda comunidad cristiana, pone de relieve el laudable compromiso de tantas parroquias en los barrios donde existen fenómenos como el desempleo, la concentración de espacios insuficientes de hombre y mujeres de diversa procedencia, la degradación vinculada con la pobreza, la escasez de servicios y la inseguridad. Exhorto a las comunidades parroquiales a perseverar con valentía en la labor iniciada a favor de los emigrantes, para ayudar a promover en su territorio una calidad de vida más digna del hombre y de su vocación espiritual». (Juan Pablo II. Ibidem).

  • Lugar de encuentro y de integración. «Desde la pascua de Cristo no existen ya el vecino y el lejano, el judío y el pagano, el aceptado y el excluido». La parroquia ha de ver en los inmigrantes a hermanos llamados a compartir los bienes provenientes de Cristo. Cuando se trata de cristianos, éstos han de poder reconocer en nuestras comunidades su misma fe y compartir la original expresión de la fe católica con igualdad de derechos en la vida cristiana y de nuestras comunidades en la que no cabe la palabra extranjero.

Con los no cristianos, han de servir a Cristo en ellos recordando sus palabras: «Era extranjero y me acogisteis»(Mt,25). Cuando permanece vivo el sentido de la parroquia, nos enseña Juan Pablo II, se debilitan o desaparecen las diferencias entre autóctonos y extranjeros, pues prevalece la convicción de la común pertenencia a Dios, único Padre. De la misión propia de toda comunidad parroquial y del significado que reviste dentro de la sociedad brota la importancia que la parroquia tiene en la acogida del extranjero, en la integración de los bautizados de culturas diferentes y en el diálogo con los creyentes en otras religiones. Para la comunidad parroquial no se trata de una actividad facultativa de suplencia, sino de un deber propio de su misión institucional». (Ibidem).

  • «A vivir la catolicidad no solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino también en la hospitalidad brindada al extranjero, cualquiera que sea su pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión o discriminación de la dignidad personal de cada uno, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables».(Ibidem). Cuando los cristianos venidos de lejos no encuentran su sitio entre nosotros, porque no sabemos ver en ellos a hermanos llamados a compartir los bienes provenientes de Cristo. Cuando los no cristianos no pueden descubrir en nosotros el testimonio de la fe que profesamos, porque no somos lo bastante gratuitos en la acogida, hemos de reflexionar sobre nuestra vivencia de la catolicidad, que debería ser expresión del amor gratuito de Dios y de la misma vocación de la Iglesia de recapitular en Cristo a todos los hombres y todos los valores de la humanidad, sobrepasando todas las fronteras y diferencias.
  • A educar en el diálogo. La parroquia ha de educar para el pluralismo, integrando en sus planes pastorales y procesos educativos la diversidad, sin miedo a la discrepancia, superando de esta manera el monoculturalismo etnocéntrico y nacionalista. Al mismo tiempo ha de informar y sensibilizar al pueblo sobre las causas de los flujos migratorios y sobre la presencia enriquecedora de los trabajadores inmigrantes entre nosotros. Los cristianos muchas veces participan de la mentalidad colectiva de la sociedad. Sus reacciones no siempre proceden de la fe, sino de sistemas de valores contrapuestos al Evangelio. Es indispensable un cambio de mentalidad.

La comunidad parroquial tiene «un papel capital en la educación del pueblo, de los responsables y de las instituciones de la sociedad, para sensibilizar a la opinión pública y despertar las conciencias. Pero ella misma debe testimoniar la calidad de la integración que practica en su mismo seno. ¿No es el sacramento de la unidad acogiendo en la unidad la diversidad católica, testimoniando así la reconciliación que Cristo nos ha obtenido en la cruz? Las comunidades cristianas deberían vivir, mejor que otros grupos sociales, este dinamismo de la unidad fraternal y del respeto a las diferencias. Gracias al Espíritu Santo, deben trabajar para edificar sin cesar un pueblo de hermanos, que hablen el lenguaje del amor, para ser fermento de la construcción de la unidad humana, de la civilización del amor. Que los pastores se empeñen en ello. Que inviten y eduquen constantemente en el diálogo, luchando contra el lastre de las mentalidades y de los hábitos contrarios a esta ley de la acogida del hermano extranjero». (Juan Pablo II, Discurso al II Congreso Mundial de Pastoral de las Migraciones.1985).

La atención al hombre y el servicio a la fe.

13. La parroquia, afirma el Papa Juan Pablo II, ha de concebir su compromiso a favor de los trabajadores inmigrantes en la doble dimensión de atención la hombre y servicio a la fe. Consciente de su misión de acogerles, ayudando en lo posible a los que sufren necesidades materiales y, sobre todo, abriendo procesos de integración en la sociedad y en nuestras comunidades, respetando y valorando su cultura, y evitando, de esta forma, reducir su actuación pastoral a:

  • entrega generosa, sin poner de relieve las cuestiones antropológicas, económicas y políticas que entraña la colaboración con el Dios que actúa en la historia y a través de la historia,
  • la creación de servicios específicos, en vez de trabajar por abrir tanto la comunidad humana, para que el inmigrante tenga acceso a los recursos básicos existentes, como la comunidad eclesial en la que nadie debe sentirse extranjero,
  • la acción paternalista en la que los marginados ahondan en su condición de dependencia, en lugar de descubrir los caminos por los que el Señor viene al encuentro de su pueblo; en lugar de poner a los hombres en el camino de la esperanza, que cada día se abre paso en la historia de los hombres,
  • programas marco en el ámbito socio-cultural, olvidando que, desde el dinamismo del hombre nuevo recreado en Cristo, la comunidad cristiana, toda ella, asumiendo la condición del inmigrante y su causa, debe contribuir a la edificación de la humanidad nueva y debe trabajar para que surjan apóstoles inmigrantes para los inmigrantes.

«La gran importancia que tienen los aspectos asistenciales en esta situación de precariedad no debe llevar a poner en segundo plano el hecho de que también entre los inmigrantes se encuentran numerosos cristianos católicos que, muchas veces, en nombre de la misma fe, buscan pastores de almas y lugares donde rezar, escuchar la palabra de Dios y celebrar los misterios del Señor. Es deber de las diócesis salir al encuentro de estas expectativas. Entre los cristianos en los últimos años, se ha registrado una anhelo de solidaridad, que estimula a un testimonio más eficaz del evangelio de la caridad, sin embargo, el amor y servicio a los pobres no deben llevar a subestimar la necesidad de la fe, realizando una separación artificial en el único mandamiento del Señor, que invita a amar al mismo Dios y al prójimo. El compromiso de la parroquia en favor de los inmigrantes y los refugiados no puede reducirse a organizar simplemente las estructuras de acogida y solidaridad. Esta actitud menoscabaría las riquezas de la vocación eclesial, llamada en primer lugar a transmitir la fe, que se fortalece dándola». (Juan Pablo II, Jornada de las Migraciones 1995-96).

14. La fe en la emigración no puede quedarse en una herencia a conservar o proteger. La comunidad cristiana ha de tenerlo bien en cuenta. No ha de olvidar que tampoco que el trabajador inmigrante está llamado a ser testigo del Evangelio.

«El trabajador inmigrante, nos hacía observar Ricardo Alberdi, está arraigado, está enraizado en una tierra, está enraizado en una cultura, en una manera de ser, en un sistema de valores, en un sistema de actitudes, y cuando hay un cambio espacial como las migraciones, o cuando hay un cambio de estilo de vida, como, por ejemplo, en la transferencia de un sector agrícola y ganadero a un sector industrial y de servicios, de un mundo rural a un mundo urbano, que significa un cambio de civilización, se produce inmediatamente un hecho considerable que merece nuestra atención, y es que la gente pierde la base de sustentación, que la gente pierde aquel substrato sociológico que sostenía su vida. Se produce un vacío peligroso hasta que él mismo, en una síntesis nueva, organice su nuevo sistema de valores. (Cambios históricos e identidad cristiana, Salamanca).

«En semejantes condiciones la fe no puede quedarse únicamente en una herencia a conservar o proteger. Es una realidad que hay que profundizar, desarrollar, difundir. El cristiano está obligado a verificar personalmente la fe en un contexto que, a veces, es de auténtica diáspora. De ello, se sigue la exigencia de que la pastoral de estos estratos de la humanidad deba adecuarse a su situación espiritual. El inmigrante ha de aprender a leer la vida desde la fe en esta nueva situación cultural, en esta su nueva historia de hombres y mujeres que han tenido que dejar su tierra.

15. Las comunidades parroquiales han de crear un equipo de agentes de pastoral inmigrante, responsable de la acogida, seguimiento y progresiva integración de los trabajadores inmigrantes en los equipos y programas de la acción pastoral y en el barrio. «Exhorto -nos decía el Papa- a la Iglesias particulares a estimular la reflexión, dar directrices y proporcionar informaciones, para ayudar a los agentes de pastoral y sociales a proceder con discernimiento en esta materia tan delicada y compleja».(Juan Pablo II. Jornada de las Migraciones.25 julio 1995)

16. El apoyo a la familia inmigrante, que corre el riesgo de ser vulnerada en su doble elemento vital: la cohesión interna y la estabilidad ha de ser uno de los elementos fundamental del compromiso de la comunidad cristiana con los trabajadores inmigrantes. Y, naturalmente, también, en lo que se refiere a la educación y al futuro de sus hijos. En su actuación misionera, la parroquia ha de «aproximarse a la familia con el amor y la luz de Cristo, con la estima y el deseo de estudiar y comprender los problemas, en el respeto vigilante y atento de los valores y modelos enraizados en el corazón y espíritu de la familia inmigrante, para ofrecer orientación y guía en la amplia gama de inquietudes, dificultades, penas y aspiraciones, que la oprime». ( Juan Pablo II, Jornada de las Migraciones, 1981).

17. La condición obrera ha de estar presente en todo este proceso de formación y educación de la fe del trabajador inmigrante que se ha convertido en obrero en un corto espacio de tiempo por el cambio de estilo de vida. Cuando nos referimos al hombre y a la mujer inmigrantes, muy fácilmente hablamos y tratamos de comprender su diferencia cultural y religiosa. Pero somos menos avezados a contemplarlo como un obrero. El hombre y la mujer inmigrante pertenecen, con todo lo que ello conlleva, al mundo obrero. Esta pertenencia al mundo obrero es tan importante o más que las diferencias culturales, culturales y religiosas, e incluso de raza, que nosotros más fácilmente percibimos.

La comunidad cristiana no puede ignorarla, si quiere llevar a cabo una pastoral de evangelización adecuada. La pastoral obrera no debiera ser considerada como la tarea exclusiva de algunas comunidades, movimientos y personas, que, por su propia cuenta y riesgo, han decidido dedicarse a la misión en el mundo obrero. Muchos de los fracasos en el trabajo por suscitar militantes inmigrantes para los inmigrantes se debe a que dejamos de lado esta dimensión fundamental para su vida.

Los movimientos apostólicos deben poner al servicio de la pastoral inmigrante su compromiso y experiencia militante, asumiendo, viviendo y orando toda su situación, su vida, sus hechos y su cultura.

18. Los sacerdotes juegan un papel destacado en la pastoral inmigrante. El fenómeno de la inmigración nos interpela sobre el sentido del hombre, de la nación, de la cultura y del estado que se está desarrollando entre nosotros. El inmigrante es un socio y un hermano. Por ello ha de sentarse en la misma mesa, para compartir y dialogar en su condición de sujeto activo de la misma familia.

Cuando lo mantenemos en el umbral de la casa, no estamos siendo fieles al proyecto de la humanidad querido por Dios.

La antropología de la fraternidad basada en la paternidad de Dios, exige una conversión de las mentalidades. La comunidad parroquial está llamada a renovarse en su mente, en su corazón y en su acción ante la presencia de los trabajadores inmigrantes. «En este ámbito, desempeñan un papel destacado los sacerdotes -nos recuerda el Papa Juan Pablo II-, llamados a ser en la comunidad parroquial ministros de unidad. A ellos Dios les da su gracia para que sean servidores de Cristo entre los pueblos con el ejercicio del ministerio sagrado del Evangelio. Así, Dios aceptará la ofrenda de los pueblos santificada por el Espíritu Santo (PO. 2)». (Juan Pablo II. Jornada Migraciones 1999. 2 febrero).

Los capellanes de inmigrantes y su equipo, teniendo en cuenta que tienen como función ayudar al Obispo en su servicio a la misión y comunión eclesiales en lo que se refiere a la evangelización del mundo obrero inmigrante, dirigirán toda su acción pastoral a hacer posible la integración de su comunidad en la vida cristiana de la Iglesia diocesana. «Es preciso que ellos eviten el riesgo de encerrarse en sí mismos y de dificultar los intercambios indispensables»(Juan Pablo ii. 1985). Para ello, pondrán todo su empeño en integrarse en el presbiterio diocesano y en el equipo de la Delegación diocesana de Migraciones y en conocer las orientaciones y participar en las actividades de la Delegación de Pastoral Obrera. En consecuencia, deben tener como tareas prioritarias la de ayudar a la Delegación diocesana en la sensibilización de toda la Iglesia local ante el problema de la inmigración y la de llevar a cabo una acción pastoral que permita la integración de los trabajadores inmigrantes en la comunidad cristiana en la que viva.

Esto se realizará más fácilmente

si la pastoral de los inmigrantes sabe valorar la aportación de las diversas comunidades,

evitando el peligro de llevar a cabo una pastoral marginada para los marginados.

Juan Pablo II.

Madrid, 24 abril 1999